Capela dos Prazeres Florais e Capela da Punição, obras proíbidas 2003

Comentário crítico a la obra de Roberto da Silva Lopes, por Sara Rivera Martorell. Máster Arte Contemporáneo y Cultura Visual. Diciembre 2011 ¿ UN ACTO TERAPÉUTICO? Necesitaba hacerlo, mi cuerpo me lo pedía. Puede que ahora no tuviera ningún sentido,…

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Comentário crítico a la obra de Roberto da Silva Lopes, por Sara Rivera Martorell. Máster Arte Contemporáneo y Cultura Visual. Diciembre 2011

¿ UN ACTO TERAPÉUTICO?

Necesitaba hacerlo, mi cuerpo me lo pedía. Puede que ahora no tuviera ningún sentido, pero en aquel momento de mi vida lo vi como algo necesario. Con estas palabras justificaba Roberto da Silva Lopes la ejecución de su obra Chapel of Punishment. Se trata de un vídeo en el que el proprio artista, desnudo y arrodillado, procede a autoflagelarse, utilizando un pez espada a modo de látigo. La acción se repite hasta lograr que la sangre brote por su espalda.
Su propria adolescencia marcada por una férrea educación católica será el punto de partida. La noción de pecado se reitera en la consciencia como un acto martilleante. Los tabúes que acechan a la sexualidad la estigmatizan, impiden poder concebirla con normalidad; las verdades católicas son indiscutibles y saltárselas mínimamente, aún por medio del pensamiento, puede tener atroces consecuencias. La cohibición y la amenaza reprimen, ahogan, creando un auténtico conflicto que no permite divorciarse de la culpabilidad.
En este contexto y partiendo de una total convicción, el artista decidió flagelarse como un acto liberador, un acto de desinhibición y condena pero a su vez como un trance en comunión con Dios. Una especia de autopunición, de arrepentimiento por ejecutar suma profanación, necesaria en sí misma pero contraria a su moral, parece obligar al artista a cumplir penitencia. Es inevitablemente católico, lo lleva tatuado. Intenta huir pero la herejía es vencida por la lealtad a unos valores: los cristianos. El dolor interno reprimido, el dolor del alma, necesita ser liberado, pero para ello primero es necesario superar el dolor físico. Redimido éste, el dolor anula al proprio dolor y se produce una alteración del estado de la consciencia: una especia de elevación espiritual que te otorga la paz interior, confirma el artista. El pez, auténtico símbolo de Cristo, se adhiere a la piel en cada latigazo. Revive en sus proprias carnes, de forma voluntaria, aquello a lo que su mesías fue obligado. Al brotar la sangre comprueba que está vivo, comprueba su cumunión con Dios.
Esta búsqueda espiritual trascende que desafía a cuerpo y mente la encontramos de forma literal en el transfondo de la obra de Marina Abromovic – de quien el artista reconece recibir influencia-. Por su parte, el Accionismo Vienés, por citar otro caso conocido, con un uso constante de simbología religiosa, entra en territorio prohibido, violando los límites de lo conocido a nivel corporal y conduciendo a la provocación absoluta, en este caso sí, llevada hasta sus últimas consecuencias. Cuando las influencias son tan evidentes ¿Dónde se situán los límites entre lo apropriado y lo originalmente aportado? Quizás en este caso podríamos recurrir a la carta autobiográfica que justifica el acto como una terapia catártica.
Expuesta en Évora en 2003, en el interior de una iglesia sin práctica de culto, ésta, junto a otras obras, ponían de manifiesto un diálogo entre lo sagrado y lo profano, actuando como un arma de doble filo con la que condenar, pero a su vez redimir, algunos principios católicos. El mismo día de la inauguración la exposición fue cerrada por atentar contra la moral religiosa del espacio. ¿No se comprendió el discurso? Gran polémica para una obra que se creó promovida por una necesidad interior, una liberación en penitencia, un impulso personal para hacer frente a una represión impuesta, de la que posiblemente no se quiere o puede llegar a prescindir.

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